10 de octubre de 2018

Bario



Y una vez me enamoré de una puta, claro, que por entonces, yo no era aún horrible y majestuoso como ahora si no me mata un cáncer, quiero decir, que yo también fui un niño, o todavía lo era-un niño grande casi-el día que Concha me dijo que me iba ha hacer una cosa que nadie me había hecho nunca porque yo era tannnnnnnn tierno y, aunque no se lo dije, sí que me lo habían hecho. Porque ya me afeitaba y otras cosas.
Me hacía unos batidos enormes de fruta y zanahorias y otras porquerías que me llevaba a la cama metida en un pijama de ranitas follando sobre nenúfares blancos. Decía, buenos días mi pequeño amor, y me daba un besito en los párpados y después decía, decía, bebe, bebe y, se me quedaba mirando como si yo fuera la cosa más bonita del mundo. Un día la Madame entró en la habitación y a los pies de la cama se le puso en jarras: ¿Tú, qué?
¿Tú, qué? era yo, claro, y la semana que llevaba metido en la cama de Concha.

Te quiero, le dije. Tres o cuatro mil veces. Cásate conmigo. Por ejemplo. Huyamos al norte. Más al norte. Saltemos, le dije, por esta ventana. Algo, no sé, que no sea que te vayas. No te vayas Concha.

Yo era el chico que había construido catedrales en su espalda.

Me mandó una carta. A las dos semanas: “Estoy viendo la misma luna que tú”.




No hay comentarios:

Publicar un comentario