5 de agosto de 2019

Tsé



Y aunque recuerdo con total y absoluta nitidez que a lo largo de aquel interminable y polvoriento camino bajo el cielo azul de un julio sin una sola nube y menos una flor o un pájaro en el calendario del año de nuestro señor de mil ochocientos cincuenta y siete hacía lo inevitable nos habíamos estado preguntando sólo con siquiera mirarnos bajo el sol amarillo todo el tiempo de un soslayo unos a otros dónde o cuándo empezaba exactamente el inhóspito y terrible territorio Apache supongo que no hizo alguna falta que ninguno de nosotros fuera demasiado avispado para advertirlo de inmediato con una certeza del todo inesperada y cruel cuando por fin pudimos escuchar el silbido leve e invisible de lo que pareció un extraño insecto alado o un humo carnívoro y voraz y una flecha recta y secreta y muy callada y como un rayo blanquísimo y esmeradamente afilado con punta de diablo y adornado cuidadosamente además por manos de mujer sin duda alguna con plumas naranjas y verdes de pato que brillaban al sol de las cuatro y media de la tarde como escamas de pez río arriba o monedas de un dólar atravesó de lado a lado las costillas a la altura del pecho del joven y prometedor cabo James Whaterfool III dejándolo caer de su caballo al duro suelo en un segundo apenas con un sonido sordo de saco de judías o como caería una piedra al fondo de un oscuro pozo en mitad del desierto sin tiempo a que un suspiro se le escapara al muchacho de los labios perturbando si acaso el dulce y silencioso sueño, de los lagartos verdes.





18 de julio de 2019

Sin 22


Tenía Delfina desde entonces-iba a ser mecanógrafa Delfina-
aquellas zapatillas de pelo de botella con forma de conejo y color avellana por las que, más adelante
sería gravemente penalizada en un concurso radiofónico donde había que pronunciar la palabra submarino sin abrir la boca.
Que los zapatos le hacían nudo en la garganta y que por eso al ras del suelo flotando toda como un barco, decía, o
te preguntaba ¿está usted triste? Yo tuve siete vidas, pues
-te contaba- y
ninguna
me sirvió para nada.
Ahora estoy muerta, claro. Por eso me sonrío. No sabe usted
-soltaba un suspirito-
qué poco cuesta muerto ser feliz.
Y un hacha en la cabeza.
Tres hijos en bolsas de plástico.
La mordedura de la mamba en la carótida.
Se quedó su vestido de flores de alhelí. Para estar guapa muerta.
Se puso sombradeojos, pintalabios y un lazo en una trenza de organdil, muy azul.
Detrás de la orejas se puso una semilla de jazmín. Para oler a recién.
Y como en los semáforos la gente tampoco pudo verla
se colaba Delfina en la casa por los ojos de los gatos
por el grifo del lavabo
por debajo de la puerta, y ni así, le contestaba nadie; sí, Delfina, sí, la casa sigue en pie, y los retratos y a los pies de la cama, el baúl con la ropa de invierno.







14 de julio de 2019

Tu forma de alcayata



Hay días que te quiero un huevo y otros nueve y días que te quiero tres y medio o menos como
cuando llamas justo cuando estoy cagando
para hablar tonterías: “Te echo de menos”.
Pero si estoy aquí...
Días de te quiero brocolí; calabacín; ciruela; pulpa de melón; patata frita; pan de ayer; plátano, pera, maíz dulce, nuez moscada; miel de abeja o risotto o pirulí.
Hay días que te quiero hasta muy tarde y otros días que no quiero, ni verte. Días azules, rojos, verdes, amarillos y otros grises
como el cerco que deja en el fondo del vaso el cepillo de dientes.
Días de comernos los cosos y bramar como un ciervo y dormir como un oso después de follar
y días
muy tontos
que no saben cuánto es uno más uno.
Hay días de trescientas veinte horas y otros que se ahogan al nacer con el cordón umbilical.
Días de mira, ¿dónde ira?, cuando pasan los aviones y estamos
tumbados en la hierba
mirando los aviones hasta que alguno dice, mira, ¿dónde irá?
Día de jajá o de jijí o de jejé o de jojó o de oh-oh o de huy huy huy huy o de verás, como al final se rompe. Días de cántaros y fuentes. Sin títulos de crédito ni
un puto beso.
Hay días, joder, que moriría por ti.
Otros te empujaría delante de un camión.
Días redondos y cuadrados u romboides u poligonométricos; cartilaginosos, paleontológicos;bifurcacontaminativos;esternocleidomastodónticos;califragilísticosuperespialidosicos. Ricos en calcio.
Hay días iguales que ayer y días que ya son mañana.
Días de hoy no me puedo levantar y otros de en una fiesta me colé.
Ásperos como la piel de los membrillos.
Dulce como las patas de las moscas.
Agrios como la leche de camella.
Salados como el mar.

Y todos contigo. ¿No es increíble?




9 de julio de 2019

Cuasi mágico



¿Qué coño quieres? ¿Que te diga bonita?
Tendrías que operarte toda la cara. No sé. Escupir esa cosa que te has tragado.
Sí, ya lo sé, la Vikander es una tabla de la plancha. Pero me la comería.
¿...de aquella cucharita, sí, esa, la que estaba un poquito oxidada? Pues no la tiré.
Fea tampoco. ¿Te acuerdas del jersey de rayas verdes? Pero sin rayas.
Seguro que ha sido la hipoteca. O haber parido cuatro kilos setecientos. O los ríos de lágrimas.
Mira, Dakota Fanning no es bonita. Y también me la comería.
¿Qué?
No.
Yo sé que tengo corazón.
¿Lo ves? Y es tuyo. Trae, que te manchas.
No te hace falta ser bonita para ser bonita.
Cuando sonríes. Por ejemplo. ¿Y cuándo más? No sé, siempre estás sonriendo...
¿Tú me dices a mí que soy He-man? No puedes. Porque estoy gordo.
Tampoco eres un sirena. ¿Te imaginas abrazar un pez? Qué frío. Como tus pies.
Ya me callo.
Pero...
Si quieres te digo bonita. ¿Quieres? Ojos que no ven corazón que no miente.
Si ya me he callado. Sólo era eso. Y ya está.
Qué sed. ¿Tú no tienes sed? Es que cuesta mucho explicarte que te quiero.
Bonita.
¿Ya está?
¿Cómo que cómo quién?
Como nadie. Las demás son bonitas. Tú eres inalcanzable.
¿Te ha gustado? Pues me lo acabo de inventar. ¿A que está chulo? ¿Cómo te sientes?
Tampoco hace falta que pongas esa cara. Ni esa. Ojalá no tuvieras cara cuando pones esa cara.
Ahora podrías besarme. Ya sabes, ese toque romántico antes de freír dos huevos fritos. Qué redundante. Pero ya sabes.
Estoy esperando...
Te he dicho bonita ¿no?
¿Y ese dedo?

No lo entiendo...






2 de julio de 2019

Sin City


Un Oscar ya para esa gente que sale en los paquetes de tabaco echando los pulmones por la boca.
Un Bafta a los anónimos artistas de cuneta tapados con una sabanita en mitad de la puta carretera.
Una medalla para Billy Elliot. Por enseñarnos a volar.
Un Pulitzer a mi vecina Amparo, que en lo que dura un ascensor te cuenta que
a la del segundo, la han visto con otro. A las tantas. Y que venía borracha.
Una larga ovación para mi madre, que está nueve veces operada de cadera. Mi Frida Kahlo. Mi faro en noches de tormenta.
Un Grammy a esa canción de aquel señor con aquella cosa tan grande en la cara...este...lo tengo en la punta de la lengua...Battiato, coño.
Un premio Nobel para aquellos que escriben
las etiquetas de la ropa.
Un hurra por todos los valientes que olvidan los paraguas en los bares.
Un minuto de silencio por las flores de jarrón.
Y otro por Maripili. Que se quedó esperando al novio vestida de blanco nuclear.
Un estatua, una estatua para Bundy. ¿Qué quién era Bundy? Mi perro, joder.
Una rotonda para el gordo del colegio; una calle para Tom de Finlandia.
Oro para Eusebio, el cura de mi pueblo, que el día de la Virgen del Carmen colgó una bandera arcoiris en el campanario.
Un Goya para “¿Has visto mis gafas?”: el musical.
El Record Guinnes, para la peluquera de mi barrio. Nunca me había hecho tantas pajas. La quería creo, aunque yo sólo tuviera doce años y la nariz pegada a los cristales.

A ti, cómo no, toda la tinta que Francis Cabrel derramó.





30 de junio de 2019

Escafandra



Le envié alguna vez, señora Rheichard, alguna carta anudada a las patas del dulce pájaro azul de la mañana
detallándole
los hilvanes del hombre. Por qué no volaba. Qué cosas se callaba.
¿No le llegó?

A veces los recuerdos suenan como monedas en el fondo del bolsillo.








28 de junio de 2019

Again



Y un día, ya no tenía nada. No era increíble, era culpa mía. Por tratar a los demás como basura. Por salir corriendo. En vez de quedarme. Por tomar siempre el camino más corto; el pájaro en la mano en vez de cien volando; por primero yo, después yo, y luego yo. Por beberme la vida. Literalmente. En la barra de un bar. Solo. O lo que era peor, en malas compañías. Hasta caer redondo al suelo. Eso es lo que hace la gravedad con los cobardes:

“-¿Está usted bien...?

No. No estaba bien. Ni siquiera sabía dónde estaba la mitad de las veces, y la otra mitad, prefería no recordarlo. Lejos ya, en cualquier caso, como para volver. A los abrazos de mi madre. Al parchís los domingos. A las caricias y los besos. A la mujer del otro lado de la cama. Porque yo tenía una cama. Grande y blandita. Caliente. No, no estaba bien. Aunque me parecía justo.

Fue por entonces que encontré a Klein-mi osito de peluche- casi debajo de la rueda de un coche. Sucio y muy triste. Y yo estaba tan solo. Supuse que sería capaz de cuidar de un muñeco de trapo. Fue la primera vez que no le pedí a nadie nada a cambio. No le hablé nunca, por ejemplo, ni le pedí que me dijera algo. Sólo lo metía en mi maleta cada vez que algún sitio me quemaba los pies y en la siguiente ciudad, lo sacaba de la maleta y lo ponía en algún lugar de la casa. A veces lo metía en la lavadora. Si estaba resfriado lo lavaba a mano.

Y otro día de pronto estoy comprando un pez. Un pez naranja. Se murió a los tres días. No sé de qué. Le hice un entierro bonito, con música y todo. Y me compré otro pez. Y este vivió hasta los diez meses. Hasta me dio tiempo a ponerle un nombre; porque, empecé a creer que a las cosas que amamos hay que llamarlas por su nombre. Que habría que llamar a todo por su nombre. Que decir Catalina o Pera o nenúfar o como mi pez, Sr Smith, era como comer chocolate a las tres de la mañana, muy rico. Y no engordaba. Y me gustaba llegar a casa y que Sr Smith moviera la colita.
Estar equivocado no es tan malo, lo malo es no hacer nada.

Hace mucho de esto. Pero aún me quedo mirando- de esa manera rara me dice Verdura- las cosas que me importan ahora. Pensando en el día en que llegaron. Y en que yo estaba allí, abierto de brazos. El día que planté el manzano...esta sombra... O el día que me pintaste. Primero hiciste un boceto. Me gustaba más el boceto. Hacías así, con las manos, como si estuvieras enmarcando algo, como diciendo, me gusta, a ver dónde lo pongo. Y me pusiste a colgar lámparas, a arreglar el lavabo, a comerte el coño. A cambio me decías que yo era lo más lindo que habías visto nunca, y entonces el corazón se me escapaba y se me ponía muy dura y te perseguía por la casa hasta que me echabas cuenta y te decía, cómeme el amor. Vale, pues juguemos al parchís. Mirando el microondas o el lavavajillas o las pinzas de la ropa. El chorro del grifo del agua; las notas del colegio de la niña; una zapatilla en mitad de la escalera y la otra asomando por debajo del sofá; las migas de pan sobre la mesa; las hormigas; la colección de piedras-pues eso, piedras, piedras de toda la vida-; los patitos de goma; las conchas de mar; las flores de los cactus; las toallas colgadas detrás de la puerta; la cosa esa que da vueltas y hace pi pi pi cuando pones la olla a presión...

Y todavía me preguntas en que pienso y te contesto y tú me dices, que increíble ¿el qué?





22 de junio de 2019

¿Elizabeth? Olvídalo, chico, esa tía es muy rara.



¿Pero quién coño era Elizabeth? ¿Alguna vez se llamó Elizabeth?

Tal vez no supiera muchas cosas de ella el día que la vi en el pasillo del supermercado leyendo la etiqueta de una tarrina de helado de vainilla y caramelo. Vale, no sabía una mierda. Sí, joder, fue como que al volver justo la esquina de la sección de congelados el corazón se me parara. Plop. O algo así. Un plop que me dejó seco en el sitio. Casi derrapo. Me quedé como un turista mirando la Fontana de Trevi. Como Charlton Heston cuando Eleanor Parker le dice que le ponga cremita en la espalda en aquella película de hormigas. Se comían a la gente. Pero vamos, que la película iba de lo cabrón que era Charlton Heston. To pa na. Mucha Eleanor. Y eso, que allí estaba porque la había puesto Dios. O los que hacen Google Maps. No sé. Y eso que mi karma estaba últimamente en números rojos. Nada importante. Pero mi mejor amigo era, últimamente, el cojín del sofá. Y tenía el frigorífico lleno de latas de albóndigas con tomate. Ni siquiera me gustaban las albóndigas. A saber de qué estaban hechas. Abría una lata y me quedaba con la cuchara en el aire-como si una máquina el tiempo hubiera detenido un aeroplano-, un rato, leyendo la nota que Alice me había dejado pegada con un chicle en la pared de azulejos. Joder Alice, me acabas de romper el corazón. Hasta hice una canción. La llamé: “Joder Alice, me acabas de romper el corazón”. El aeroplano siempre se estrellaba contra el suelo y todos sus ocupantes morían. Todos los días intentaba olvidar al menos una letra de su nombre. El día que vi a Elizabeht allí de pie como el mástil de un barco y me temblaron las piernas iba por la c. Bueno, me había entretenido un poco leyendo varias veces el capítulo 27, pero no estaba mal, teniendo en cuenta que su anillo de prometida estaba ahora camino del mar seguramente, a través del sistema de alcantarillas: “Pues mira lo que hago”. Y lo tiré por el desagüe. Era para ti, Alice. O para nadie.


Sí, puede que en aquel momento no supiera nada sobre Elizabeth. Que nunca supiera nada sobre Elizabeth. Pero le gustaba el helado. De vainilla y caramelo. Y sus dedos se estaban poniendo casi blancos de sostener la tarrina entre las manos a menos cinco grados:

“-¿Sabes cuánto vale? No pone el precio por ningún lado.

-No trabajo aquí.

-Ah...

-¿Parece que trabajo aquí?

-O que llevas dos minutos observándome desde detrás de la estantería de los champús. Y no has comprado champú. ¿Vas a comprar helado? ¿O tampoco?”.



20 de junio de 2019

Qué tonto que sóy



Fuimos al fin del mundo detrás de un amanecer y resulta que una mañana un rayito de esos de Sol entró por la ventana y entonces, entonces abriste muy grande los ojos y claro, el Sol se te coló hasta donde quiso por ahí y decías, recuerdo que decías: “se me ha metido algo en el ojo, quítamelo”, y yo soplaba. Como sopla la brisa una bonita tarde de verano. Y el Sol no se iba y tú me preguntabas ¿ya está? y yo contestaba que sí sí sí y tú, decías, sopla más fuerte, tonto, y entonces, de cuajo, te arrancaba las tiras del pellejo como un viento del norte, soplaba. Pero el Sol no se iba, no se iba y te quedabas así como diciendo ¿qué miras? Cuando estaba tan claro.  




17 de junio de 2019

Caligrafías



Esta mañana Verdura tenía cita para el médico. Nada grave. No se va a morir todavía porque tiene cosas importantes que hacer. Y como es tan...que no se va a morir. Y menos sin poner una lavadora. Le encanta poner lavadoras. Creo que la lavadora y ella tienen algo especial. No soy celoso; pero a veces me gustaría ser una lavadora. A la lavadora nunca le riñe. Y le pone suavizante y...que a la hora de la cita todavía estaba acostada. Sí, ya había sonado la alarma. Seis veces. La culpa es mía porque tenía que haber puesto yo la alarma. Porque yo sé cosas. Abro los ojos y le pregunto que qué hora es. Como si no lo supiera. Tarde. Y le digo voy contigo. Porque le dije que iba a ir con ella. Por si se mareaba cuando le sacaran sangre. Quédate en la cama, me dice ya casi vestida y apunto de bajar las escaleras. Voy contigo le vuelvo a decir mientras busco las gafas, el tabaco, el café, el cerebro. Su puta madre. No, quédate en la cama me dice mientras su voz se aleja en la distancia y escucho las llaves del coche. Voy contigo. Te dije que iba a ir contigo porque yo te quiero y por si te mareas. “Quédate en la cama que ya voy yo sola”. Con la lavadora nunca es tan desagradable. No me he lavado ni la cara, pienso y me monto en el coche y en dos parpadeos le han sacado dos tubitos de sangre y al rato, nos estamos comiendo una tostada con mantequilla y mermelada de fresa y yo, estoy muy callado. Y entonces me da el primer beso del día. Aquí, en este moflete. Y me dice que qué tonto soy y que me podía haber quedado en la cama, qué tonto, que ella se hubiera quedado, que total, por dos tubitos; pero no, yo es que cuando se me mete algo en la cabeza, me dice, yque que hay que ver desde luego vamos vamos vamos. Lo que no me dice- por eso me da otro besito-, es que está loca por mí.





16 de junio de 2019

Flores en invierno



Que no era gay; que él era maricón; que se lo había ganado a pulso; que la guardia civil le había dado muchas palizas por pintarse los labios; que en cada paliza lo llamaban maricón. Y que viva Franco. Maricón. Que ser maricón le había costado toda una vida. Pero total, que Alberto era anticuario. Yo por entonces no sabía qué era yo. Sé que tiraba cosas por la ventana. Y aquel día pues tiré una silla de madera, muy vieja y muy fea que me había encontrado hacía unos meses en la basura y como no tenía en la casa todavía ni una silla pues, total, que se lo conté a Alberto y Alberto me dijo que qué silla que si no sería aquella estilo Luis XV que me había encontrado en la basura y yo le dije ¿qué Luis XV? La silla fea Alberto,que andaba estorbando y a esto, que Alberto se puso colorado colorado y empezó a cagarse en aquello y en lo otro y en su padre, que fue sepulturero, a mover los brazos en alto y a escapársele las lágrimas por los ojos y así, un rato, y cuando se paró de hacer de espantapájaros me puso las manos en los hombros y me dijo muy serio: No sabes lo que has hecho.
Se hizo mil pedazos, se astilló toda en el puto suelo como si fuera un astronauta caído desde el cielo. Y yo qué sé. Si ni siquiera sabía qué era yo... Me la había encontrado en la basura. ¿Quién coño tira una silla Luis XV a la basura?







14 de junio de 2019

Mascarón de proa



Tenía las ubres de criar lagartos secas Serafina junto a la ventana
-esperaba los barcos-, la casa a la oscura
era el estómago de un hipopótamo.
Tenía en las pestañas colgando de dos clavos dos
almanaques del año pasado.
Mecía entre los brazos un viento, muy rubio y muy rizado de crestas de ola.

Al canto del pájaro Serafina moría
aplastada por el peso de los átomos.
Se le escapaba el helio: “¿dónde estás...”.
Sangraba versos viejos: “...amor...”.
Se la comían los celos: “...mío”, y escupía al mar y a las gaviotas y gritaba
loca
de espuma y su nombre por la boca.




10 de junio de 2019

Esas cosas llamadas minúsculas



...que se había pintado el coso de barniz de pronto, joder, o lo había untado con mantequilla de girasol o que ante mí se derramaban los cántaros de Aurrutia todos o se abría un paisaje de cascadas que hervían en vapores al caer a una laguna honda y rodeada de una espesa cosa vegetal que lo cubría todo con su sombras o Moisés hubiera separado, allende el tiempo, los mares. Un desatino de agua cristalina y brillos de puntas de icebergs y una fiesta con orquesta y trapecistas y faquires tragasables y muñequitas rusas que bailaban sobre un sólo pie y por todas las carnes. “¿Será broma, no? Pero no era broma, porque a veces las cosas sí son lo que parecen y mi maestra de inglés hablaba muy en serio y ahora estaba allí, después de clase y aunque me hubiera suspendido, there she was abierta de piernas en dos como la cabeza de un escandinavo pelirrojo en plena batalla por los fiordos o una sandía de aquellas que calaba mi padre las tardes de verano junto a la alberca antes de que un día se lo llevara la guardia nacional a no se sabe dónde todavía que no estorbara tanto, allí estaba, delante mío diciendo en el idioma como de un espíritu celeste que tenía mucha hungry y que iba a comerme con la misma boca con que apenas hacía unas horas me estaba susurrando al oído eres un chico muy malo. Allí estaba y hasta entraban por las rendijas de las persianas algunos rayos de sol perfectamente rectos que se me clavaban en la espalda creo o eran las uñas de Miss cómo voy a olvidarla o tal vez dios se había metido en mi cabeza y estuviera diciendo algo importante mientras los mirlos nos miraban de reojo por el agujero la cerradura. Si hubiera entrado en ese momento por la puerta mi madre nunca le hubiera dicho desde luego que aquello no era lo que parecía. Porque era lo que parecía. Porque a veces las cosas sí son lo que parecen. Que oh my god oh my god y que si fucking fucking me no era una canción precisamente y además, a mi madre le gustaban más Los Panchos. Pero mi madre estaba loca. Andaba sola por las calles muy de noche y descalza y arrastrando una sábana y hablando en voz baja cosas que nadie entendía y un día la ingresaron en un psiquiátrico al oeste de Villa Pansequito donde desde el primer día no hizo otra cosa que escupir en los cristales y rascarse con el dedo de enmedio el blanco de los ojos. Así que en realidad sólo tenía que preocuparme de que las enormes moscas que hacían círculos en el aire de aquella habitación de un pueblo en las afueras no se me posaran en el tronco mientras Miss cómo voy a olvidarte tocaba la campana y me miraba desde abajo diciendo con los ojos esto todavía no se ha terminado.





25 de mayo de 2019

...flotando en los charcos de la pista de basket



Que pudiera tejerme una bufanda con tus ondas cerebrales
un suéter con tu ritmo cardíaco
o hacer espaguetis con tu larga melena color porque sí.
Cosas como esa o que fueras un dolmen en mitad de aquel aparcamiento en Little Boston.
El señor Harrigan aún pregunta por ti: “¿Y cómo está Ketty?”
Muerta señor Harrigan. Pero nunca se lo digo.
O tal vez ya lo sabe y sólo lo hace
para seguir vendiéndome esa magnífica hamburguesa y, bueno
joder
nadie sabe de qué esta hecha esa mierda.





17 de mayo de 2019

Mientras tanto en Reikiavik...



Contigo la noria ya no es
un sitio desde donde tirarse. Contigo las gallinas, los submarinos nucleares.
Contigo la cebolla y el pan y las perdices; la cabeza del tigre, el pez globo.
Óvolo mío. Dulce de leche. Monstruo marino. Animal de flúor. Etc.
Contigo los adverbios y el papel celofán. La Santa Trinidad. La agricultura.
Los delfines contigo y una constelación en las pupilas, de peces.
Contigo que me rascas la espalda, que me bebes las sienes
que me doblas en dos y luego en cuatro y las veces que haga falta hasta que quepo en un bolsillo.
Contigo los jaja y los huy huy y los para para para, que me ahogo.
Los modales exquisitos de una mantis a la mesa o
que seas al alba más puta que la carne de membrillo. Hambre toda todavía.
Contigo la sombra. Contigo el agua.
El vapor de las sábanas; los mirlos blancos; la hierba, la hierba.
Contigo más alto, contigo más fuerte, contigo, mi ejercito, cada fin del mundo.
Contigo el asfalto y los kilómetros. Nadie ha perdido la mano por sacarla por la ventanilla. No quiero saberlo.
Contigo veintisiete veces siete. La sal y la pimienta. Tal vez el ocaso.






12 de mayo de 2019

Not over yet



No, sonidos no, eso es otra cosa: ruiditos. Casi todo lo que queremos tiene un nombre ridículo. Y además es domingo.
El flu flu flu de la cafetera. Ya voy. El pssssssss del azúcar disolviéndose en el agua; el clinck clink clinck de la cuchara; el mmmm qué rico joder mmmm joder y el primer café de la mañana. “Yo quierooooooo”. Eso. Al otro lado de las escaleras. En algún lugar entre las sábanas. Al rato el brrrrrrrrrrr de una batidora o el plusch plusch de la lavadora y su programa corto o el pi pi pi del microondas como un solo de trompeta anunciando el fin de un minuto treinta a ochocientos por lo menos grados o yo qué sé ya. Lo tengo de tono de llamada. No, no es broma. Y yo qué sé. A veces los adultos hacemos tonterías. Menos mal.
Si prestas atención puedes oírle el corazón. Ahí debajo. Debajo de toda esa...lo que sea. Que levante la mano quien no tenga un Ella. Haciendo pum pum cataplum chin pum me cago en to lo que se menea o algo así, que es lo que dice cuando le salen esas ramas y esas raíces largas que se adentran hasta el fondo de la tierra y esa corteza que la cubre y esos nidos que la anidan de pájaros extraños y esas hiedras y esas...que la manga de una camisa tiene un agujero con forma de plancha, vamos. Su camisa favorita. Tenía flores. Y ahora sólo tiene cenizas y cuervos y el cielo muy negro.
Cosas que cualquier niño sabría. Que la cisterna hace Pushhhhhhhhh o qué y luego clonck y después pssssssssssss y más después, nada. El más absoluto silencio. Como si se hubiera muerto. Que la olla a presión es como un tren llegando a la estación psss-psss, pssss-pssss, fiuuuuuuu, fiuuuuuuuu, viajeros al...Que al señor de la tele no lo escucha nadie. Pero está ahí. Que los abejorros hacen Bbbbbbbbbbbb y son muy gordos y muy grandes o como submarinos voladores y si te pican es porque eres tonto y ya estás tardando. Son cosas sencillas de entender. Si escuchas “Te quiero” y de pronto te está mirando como si no te hubiera visto nunca, con es cara rara de cojones, ya sabes, esas que que ponen en las películas-esas películas-, pues es que te quiere y todo eso. Aunque puedes preguntarle por qué. Si es que lo sabe.








11 de mayo de 2019

USB



Un día nevará sobre tus hombros, tal vez.
Escucharás al pájaro invisible. Lo buscarás entre las ramas. Al pájaro invisible, tal vez.
Un día las grietas y la escarcha. Los dedos torpes. Los dónde puse ...mis gafas.
El magro de la carne; la pastilla de las tres; el agradable recuerdo de la sal.
Un día las cosas sin un nombre, perdidas, solas, rodando en tu cabeza como una canica de aquí, para allá.
Con un poco de suerte. Si antes no te arrolla un autobús
o te caes
escaleras abajo mientras vas mirando el móvil “Tiene, un mensaje nuevo”.

Y ya no estarás. Nunca más. Un nunca de verdad. Un nunca de verdad.

Por eso me gusta tocarte las tetas. Cuando pase un globo flotando por el cielo me acordaré de ti.
O te hago espinacas con garbanzos. Porque pones esa cara.
O esa otra de que has encontrado una colilla en el lavabo.
O cualquier cara que pueda recordar si ya no estás.
Por eso las cosquillas y las flores que corto de las verjas cuando voy a por el pan.

Porque aunque para ti la tierra te sea leve, yo, me quedo aquí.

O tal vez sea al revés, y tengas que acordarte de, tal vez, mi pelo entre tus manos.






7 de mayo de 2019

Kambó



-¡Ya estamos aquí mamáaaaaaaa! ¿Qué hay de comerrrrrr?

-Oh sí: “Buenas tardes mamá, te queremos. ¿Te ayudamos a poner la mesa? ¿Quieres un besito? ¿O mil cuatrocientos veintisiete?”. Suelas de bota y lagartijas. De jardín. Le he puesto un poco de vaho de ventana. Porque sé que os gusta. Aunque no os lo merecéis. Y a ver: ¿dónde están las notas?

-Este ha suspendido en...

-Chivato. Esta noche me voy a mear en tu cama.

-A callar. Los dos. A ver las notas. Mmmmm...¿un seis en tristeza?

-Es que ayer llovió.

-¿Y tú, qué?

-¿Yo, qué?

-Has suspendido hojas de té. Otra vez. ¿Qué pasa? ¿No te dijo la abuela cómo se cortaba en dos un caballo de un sólo tajo? ¿Entonces?

-Es que la profe la ha tomado conmigo.

-Ya.

-Pues yo tengo hambre.

-Cuando venga tu padre de untar de mantequillas las nubes del cuadro...Verás...Acuérdate de la última vez. Pasaste tres siglos metido en una caja de cerillas.

-Seeeee...me perdí toda la revolución francesa...qué asco.

-Mamá...

-¿Quéeeee? Ya lo sé, tienes hambre.

-No, mira...Viene el viento.

-Corred a esconderos debajo de la cama.

-¿Puedo llevarme a Bucky?

-Nada de rinocerontes, que hacen pelusa. Y no salid hasta que la ola número cien derrumbe el faro. ¿Dónde estará vuestro padre? Y ni se ha llevado un suéter ni un paraguas ni un nada. Así, ¡hala!, me voy corriendo que llego tarde a la oficina. El último fin del mundo lo sorprendió en pijama. Es que tiene unos huevos...Lo llamo. Vale. Tal tal tal....¿Manolo? ¿Por dónde andas? Ahhhh...¿Y te puedes traer pan?...pues si el mar ha subido treinta metros tiras por la calle de al lado, joder, que tampoco te cuesta.

-Has dicho una palabrota.

-¿Ves? Mira lo que has conseguido. Vaya un ejemplo para los gemelos. Para una cosa que te pido...¿cómo? No no no, La isla de Java no era otro capricho mío, perdona...bueno mira, déjalo, cojo el submarino del garaje y...¿que no qué, que tu ya, que que qué? No te escucho...huy, se corta.
A tomar por culo.

-Has dicho dos palabrotas.

-¿Tú eres el que ha aprobado matemáticas, no?






3 de mayo de 2019

Europio



La casa había sido construida de tal forma que no hubiera nunca nada más grande en la boca de la gente de Aruña que el nombre de Don Julián de Iribar Calzadas por los años de los años, y sólo en las ocho columnas que sostenían el friso de los soportales de la magnífica fachada estilo aquí vive un señor casi marqués se habían comido de la tierra con los dientes las palas de los picapedreros de la cantera vieja, por lo menos, una parte del planeta mientras el dueño de aquella enorme construcción forjaba su fortuna en las Américas vendiendo a destajo sales y pimientas y caballos portugueses o el alma a veces si hacía falta y alguien pagaba suficiente. La veta se secó. Y Don Julián murió de una mala digestión después del baño de las diez un trece de septiembre a los cincuenta y cinco mal cumplidos en una suite de seis habitaciones con cocina y cuatro baños en la planta diecisiete de un hotel del Yucatán, podrido de dinero y de un número impar de matrimonios que habían acabado en la basura uno tras otro sin que ninguno le hubiera dado en fruto un heredero a la altura de su soberbio apellido. Pero la casa sigue en pie. Justo a la salida del pueblo. Aunque ya nadie recuerda qué hace allí. Vacía. Criando malas hierbas y polvo y lagartijas por los bordes del jardín con madreselvas y palmeras datileras donde van a parir las gatas del pueblo camadas de hasta siete cachorros, entre grises y blancos.






1 de mayo de 2019

Boro



Un nudo con lazo en tu meñique con la cuerda de un violín de pestañas de avestruz previamente
horneado a 180º y al otro lado yo
con un alhelí blanco entre los dientes y la lista en una mano de los gases nobles.
Flotando como un globo. Un globo rojo.
Te llamaré archipiélago o santo cordero o
cabeza de gallo y tú dirás
¿y qué coño significa eso? y yo
todo anexo
diré que el amor no es una figura geométrica.
Que también es un gusano de manzana
o un fluido eléctrico o
la sinfónica de Boston tocando en el jardín
una de Jhon Willians.

¿Y ahora qué no entiendes?




25 de abril de 2019

Molibdeno



Busco en internet “¿Cuánto tarda en secar la silicona?”. Porque me gusta arreglar cosas. Cosas rotas. Las cosas rotas son bonitas. Como mi madre, que siempre estaba rota. Como el vencejo que maté de un perdigón. Lo tuve entre mis manos hasta que se enfrió. Aunque no se arregló. Se quedó mudo muchos días. Se le vieron los huesos. Se lo llevó una brisa. Bueno, hay cosas que no pueden arreglarse. Pero otras sí. A veces llevan años esperando. Detrás de una puerta como un pijama colgado de la percha o bajo un paraguas esperando el autobús. Esperando a que alguien les devuelva la vida. A veces basta con un beso. Una sola palabra. A veces el amor. Otras con una capa de pintura, un tornillo allá, un apretón de tuerca. Las cosas rotas son muy sabias. Saben estar calladas. Saben decir gracias. Saben morirse de viejas a tu lado.





23 de abril de 2019

Berkelio



...hasta que un martes
un rayo de sol entre por el agujero de la cerradura.
Tan recto.
Tan luminoso.
Tan tibio entre la yema de los dedos.

Y llamarlo tú.









21 de abril de 2019

Mendelevio



Lo que más me gusta de nosotros es tu risa.
Que yo diga: “¿Te imaginas? ¿Que de pronto el hombrecito del semáforo se pusiera a andar y llegara a donde quiere? A lo mejor hay alguien esperándolo. Sería estupendo.”
Y tú me mires como así y yo pregunte “¿O no?”.
Y te des cuenta de que hablo
completamente en serio.
Entonces es cuando te ríes.
Y yo me pregunto que de qué.
Si es que para ti no es importante que el hombrecito del semáforo cumpla sus sueños.

Ahora es cuando tus manos
se posan en mi cara como pequeños pájaros
que me pían te quiero: porque me sabes ser un niño
porque mira dónde cabes
porque eres de azúcar.

Te paso el brazo por encima del hombro y te digo al oído
que
de mayor
quiero ser un gran hombre.




19 de abril de 2019

Aluminio



Estoy en todas partes.

Me cayó un rayo encima
mientras buscaba en el google de mi móvil
“La soledad de los cobardes”, un libro aún no escrito
por un alguien que todavía no lo sabe.

Me desmayé.
Cuando volví a a abrir los ojos tenía
los vellos de punta y
mi puto cerebro se había conectado a internet.

Pude ver por la cámaras de seguridad como los ancianos de la residencia Walter Ócean de Minessota movían con una cucharita de plástico el café.
Un dron me mostraba en 4K las grandes manadas de búfalos pastando en las verdes praderas de Los Apalaches.
Escuché a mi madre decirle a mi hermana por teléfono que los garbanzos había que tenerlos doce horas en remojo.
El telescopio espacial james Webb me enviaba continuamente datos sobre El cinturón de Kuiper y sus extraños objetos flotantes.
Tenía acceso a todo: a los archivos de la C.I.A
a las puertas giratorias de los grandes hoteles
entré a tu correo; al cajón de tus bragas; a tu prótesis dental.

Ya no necesito
zapatos
ni
antihistamínicos.

Pero echo de menos el amor de tus manos, y esto...¿tenés un cigarro?





15 de abril de 2019

bohrio



La hermana de Klaus vivía detrás de la cortina que daba a una habitación donde ninguno de nosotros se había asomado nunca. ¿Vivía? Nadie la había visto. Aunque de vez en cuando de detrás de las cortinas, además de aquel olor a leche agria, se escuchaba el gemido un pequeño animal atrapado en un cepo a la mitad del bosque. Ninguno preguntaba. Y eso era todo lo que sabíamos de la hermana de Klaus.
Klaus vendía tebeos y otras revistas en un pequeño local parte de la casa y además arreglaba televisores y radios allí mismo. A veces jugábamos al ajedrez, y otras, mirábamos revistas de esas guarras mientras nos crecía la barba de aquella pubertad.
Un día, Klaus me dejó un rato al cargo de la tienda mientras iba a no sé qué cosa por encargo de su madre. Un rato largo. De un día tranquilo. Y entonces escuché al animal, y aunque aquello me puso los pelos de punta, entreabrí la cortina y la vi. No pesaría más de treinta y pico kilos y si acaso por entonces rondaría los veinticinco, ya parecía una foto vieja o un fantasma. La piel blanca; los ojos hundidos y negros; el pelo enredado como una mala hierba; los dedos de las manos curvados hacia dentro y delgados como alambres de espino; un hilo de saliva que iba de la boca al tapizado de un sofá del que no se había levantado en tal vez, años. Y justo al lado una mesita con varios botes de pastillas, una jeringa, pañuelitos de papel y un dibujo de un barco que le había hecho una prima, hacía mucho tiempo: “Para Gloria”. El olor a leche agria era un pañal que tenía puesto, y que de orinar muchas veces, lucía un amarillo de cloaca y olía a como debe oler un muerto antes de tiempo. Había muchas moscas muertas en el suelo.








10 de abril de 2019

Organesson



Y pongo al sol la ropa y las toallas sobre una cuerda floja de pared a pared para que sequen
como los bacalaos aquellos abiertos en canales de Suez que Camilo José el sepulturero salaba tras la tapia del viejo cementerio.

Paso la mano por encima de las sábanas
hasta que son un mar en calma de cian, la voz de fuera
el claxon de los coches, el perro del vecino, nada
es tan hermoso como el tacto de lo tibio
y esta luz que cae en picado desde la ventana.

Me dicen los zapatos dónde estuve
desperdigados bajo el techo de la casa. Uno debajo del sofá, el otro desaparecido como un niño con foto en los brick de leche desnatada.

Las migas de pan en fila india
camino del patio a lomos de
cientos de enormes hormigas con la cabeza roja. El olor a limones
la paz de las tortugas en el agua. El mismo sol que seca las toallas.

¿Qué aritmética? ¿Cuál geometría?






5 de abril de 2019

Germanio



¿De qué color te pondrás hoy? ¿Verde aceituna?
¿Celeste bóveda? ¿blanco 220 voltios; rojo de Tara, mandarín, ocre del prado?
¿Fondo de mar? ¿fucsia geométrico? ¿Qué plumas?
¿Bajarás las escaleras vestida de Flamingo
o dentro del vestido con cola de cometa y una flor en el pecho de alhelí?
Ya imagino que emerges del éter como un Leviatán de ojos de mármol e intenciones de Pandora, los dedos de hiedra
la lengua de un pez, el musgo en los hombros
la carne
primera del alba.