12 de diciembre de 2019

Me bemol



El amor es un tonto. Cuando más alto estás,
te deja caer.
Y se ríe. Ja ja ja ja. Así, como si tuviera
mucha gracia.

Pero está tan rico...a mí me sabe a nueces.
A arándanos, a leche, a galletas de coco y gel de baño y
cacahuetes y
filo de mueble y a pilas de la radio.

Al principio está bien vivir sin cerebro, hacer
cosas que nunca hubieras
imaginado, como
ponerle su nombre a una estrella por cincuenta pavos
sonreír
todo el tiempo
como si tu tarifa plana fuera gratis, comer pez globo
yo qué sé
comprar una alfombrilla para
la puerta.

Y entonces el amor
va y te gasta una broma:
“Tenemos que hablar”.

¿Hablar de qué? ¿Me vas a dejar? Me vas a dejar. Lo sabía. Nunca me sale nada bien.

“¿Te cuerdas del jersey...? Pues ahora es un gato”.

Ufffffff.

Otras veces el amor está triste.
Pasan los días y no pasa
ningún día nada.

También se enfada.
Y no te habla.
Y si te habla peor.
No hay quien lo aguante.
Por eso me voy a por tabaco.
Pero siempre vuelvo.

Como las hojas secas en otoño.






5 de diciembre de 2019

El número Pi es una silla del Ikea



...no del color trigo las hebras de su pelo si no
como quien ve un amanecer
desde la estación espacial internacional o las tres de la tarde en el Mojave.
Los ojos de Babel
los ojos si te quedas mirando 10.000 años, de cerca son un bosque de secuoyas
atravesado solo por el rayo primero de este Sol
apenas
los ojos sin fondo de Babel.
La boca en su sitio, claudia y redonda como el ojo de un pez.
A punto siempre de, como la miel donde una mosca va a morir.

O sólo ese olor a donde ha estado.

Todo lo demás; farolas; electrodomésticos; pergaminos y cirros y animales exóticos
la yema de los huevos
las entradas de cine; las postales de sitios con volcanes; la leche con cacao, la cámara de los comunes
todo
me importa dos carajos.





27 de noviembre de 2019

La ceniza



En aquel minuto y medio de las seis de la mañana que Julia estuvo de pie frente al microondas esperando que el café se calentara apoyada de codos sobre la encimera y con los ojos perdidos en cualquiera de los días del mes marzo de un almanaque con la foto de un Pontiac amarillo del cincuenta y siete colgado en la pared de enfrente, ya había trazado un plan para el resto de su vida antes de que aquello hiciera ¡clinc! Y con el primer sorbo se prometiera que aquella tarde hablaría con Claudio. Lo juró por mamá. Pero cayó en la cuenta de que mamá ya estaba muerta y que los muertos no se acuerdan de nada. Aunque tampoco se acordaba cuando estaba viva. La olvidó en el colegio muchas veces. Aparecía borracha y dando tumbos por el pasillo hasta su clase y asomando la cabeza decía, lo siento, lo siento, lo siento. Tampoco se acordó de su octavo cumpleaños. Ni de la mañana que le dijo, mamá, ya soy mujer. Ni del nombre de sus nietos. Tal vez por esa herencia de mamá a Julia se le olvidaba a por qué cosa había ido a mirar en el cajón y tenía que volver al sitio donde lo había pensado para volver a acordarse, y entonces sí: a por pastillas. Sí, hablaría con Claudio como hacía mucho que no hablaban. Y si a Claudio del tiempo se le hubiera olvidado eso de hablar, tampoco hacía falta. Porque ya daba igual lo que Claudio dijera. Sólo podría repetir lo que le había dicho tantas veces: perdóname. De eso quería hablarte Claudio, precisamente.










26 de noviembre de 2019

Conjunción copulativa



Y, preludio.


No necesito que me bajes la luna
pero
al salón le hace falta una mano de pintura y
ya sabes que yo
como que no.

Y.

¿Y tú sabes cuando llevas que te meas cuatro horas
y vas y...? Joder, qué gusto. Pues así de contenta me pongo
cuando me quieres bien.
Y me traes chocolate.
Y me besas bajito.
Y me dices que estoy
tannnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnn
bonita.

Continuará...

Y, continuación:

Y me dejas tu mantita del sofá
-sí, ya sé que yo también tengo una. Pero quiero las dos-, y al rato
me miras todo raro-con esa cara- porque digo que tengo calor.

Y, el desenlace:

Y cada vez que me pones esa cara yo pienso
-con mi mente-, mira qué cara. No es normal. ¿Qué está esperando? Ahí, muerto de frío. Con esa cara.

Y saco un pie de la mantita y te señalo con el dedo
gordo, el camino.
Y te digo huy qué peli, más aburrida.
Y me pongo como muy interesante. Coloradita.
O me mojo los labios de saliva con la lengua.
Con cara de ya sabes. Toa guarra. Muerta de las ganas.
Pero tú ahí, muerto de frío, con esa cara.

Y, títulos de crédito:

Menos mal que yo soy lista.
Y voy y te lo suelto: ¿follamos?
La verdad, a veces, con mi mente
pienso, no sé
no sé qué harías sin mí.





21 de noviembre de 2019

Tal vez el ocre



El calor de mi casa, eso quiero.
Pasar la yema de los dedos por las sábanas
y saber que has estado
siempre a mi lado.





18 de noviembre de 2019

Oliverio



Oliverio aterrizó en el hospital como un aeroplano y un hacha clavado en la cabeza. Hombre de Dios-le amonestó un señor de bata blanca que nunca había visto un árbol que hablara: “Don Gregorio está muerto. ¿Conocía usted a Don Gregorio?”. Y se derrumbó a todo lo largo del pasillo como un edificio en ruinas. Treinta y siete días estuvo en otro mundo y cuando volvío, tenía tanta hambre que se comió la barra de las cortinas y una pata del pequeño armario. Y allí estaba ella, la Reme, con su pelo negro y sus ojos negros y su alma negra sentada a los pies de la cama esperando a que Oliverio le dijera que si había matado a su marido, es porque la amaba, y que iba a arrastrarse por eso toda la vida ante ella y a suplicarle un perdón que nunca le daría. Porque así eran las cosas en la finca. Cada uno en su sitio. Y el sitio de Oliveiro siempre había estado en los establos, no entre las sábanas de la dueña de la casa. Porque por eso ahora el sitio de Don Gregorio estaba en la tierra, en el fondo de la tierra boca abajo y comido de gusanos. Cualquiera hubiera dicho que Don Gregorio era un buen hombre, que iba a misa y ayudaba en temporada de cosecha y se manchaba las camisas de sudor aunque todo fuera suyo hasta donde uno llegaba con la vista. Y le habían visto también alguna vez enfrentarse con un hacha a cuatro lobos que acamparon unos días por allí. Y con la misma, cortar un cedro de una sola vez. Y así entró donde estaban los caballos a por el hombre que le estaba robando los ojos de la Reme, y con las dos manos en el mango, le metió a Oliveiro el filo de aquella cosa fría entre la frente y el flequillo. Después se escucho un tiro. Y después otros dos. Y el único que salió con los pies andando fue Oliverio blasfemando que tenía, en la cabeza, la noche del martes pasado en la tiniebla de la cosa que tenía La Reme entre las piernas.
Cuando la Reme salió de la trescientos veintiséis salió llorando en un pañuelo bordado con oscuras golondrinas y pensando en que cuando Oliveiro saliera de la cárcel si alguna vez salía, ella, lo estaría esperando como cualquiera de los martes que habían pasado casi oscuras a espaldas del mundo tras la puerta de la alcoba, en pecado, malditos ya, condenados a que un día el mundo hablara, y Don Gregorio estallara una tormenta aquel verano.



14 de noviembre de 2019

Fonética de una pluma de avestruz



Fuiste tú quien fue que le puso nombre a la amapola.
Yo mismo llamé felicidad al suave tacto del mando de la play.
Coincidimos entonces o no en que al principio de ha los tiempos
desde,
la idea de una cosa normalmente
ni siquiera es la cosa.

Un yogur de plátano no es un plátano. Ni siquiera sabe a plátano.
Es como quien nunca ha visto el mar.
Y ahora pásame la sal, que está muy lejos. Tal vez veinte centímetros.
¿No te parece extraño que en los mapas todo esté
a dos dedos de distancia?
O el tiempo. Tú por ejemplo te lo pasas por el coño. Siempre llegas tarde.
Sin embargo la sal está tan...así que acerco mi mano como una culebra
sorteando los encajes del mantel y
te rozo los dedos con mis dedos y
un arco eléctrico inunda de luz los platos de fideos y
lo llamamos como hemos aprendido a llamar lo que aún no sabemos.
Sabemos que no es una plancha. Aunque no es del todo seguro.
Que no es la goma de regar el césped.
Ni un tomate o un billete de tren. O puede. Al fin y al cabo
sólo nos lo han contado. Que el azul es azul y que las vacas
dan leche.
Pero mi madre también daba leche y no era una vaca.
Y las avispas resucitan del agua.
Y donde comen dos tres comen menos. Imagina un millón. Un país.

Tal vez por eso siempre estás bonita. Aunque estés enfadada, sin peine o en pijama; sin razón en las manos que ofrecerme.
Mirando etiquetas de vestidos chulos mientras yo me pudro en
la puerta del Bershka.
Dando saltos encima de la cama porque te ha tocado
un dinosaurio en el kinder.

Y yo te quiero así, relativa toda, sin tener ni puta idea de qué vas a hacer conmigo.





8 de noviembre de 2019

¡Cáspitas!



Levantarse y ver el Sol. ¿No es un milagro? Aunque no tengas ningún dios.
Sentir como calienta tu piel a veinticuatro grados
mientras haces las cuentas
para llegar a fin de mes; mientras te duele una muela; mientras llueve.
El Sol sigue aún allí, tras todas esas nubes, imagina
-si puedes-, que un día el Sol no sale.
Que se mueren de frío en los vasitos los cepillos de dientes.
Que se pudre la ropa colgada tras la puerta.
Que los besos se aburren en el congelador.
Los domingos sin arroz.
Los geranios en huelga.
Imagina, cuando acabes de quejarte del precio de la ropa
-si ni siquiera me queda-
que todo de repente sólo es gris-si no me gusta este color-, gris y yermo.
Como esas veces que te quedas con las ganas
de decirle a quien tú sabes que la amas.
Uno está
muy ocupado en
cosas importantes
y caras.
Uno tiene que triunfar.
Uno es
único
y perfecto:
“El Sol sólo es un
brillo allá en lo alto. Siempre está ahí. Tampoco es para tanto.”






5 de noviembre de 2019

Sinpaná



Soy un caso difícil, ya lo sé. Ya sé que no aprendí a vivir hasta los ciento treinta años. ¿Pero no soy un ser humano? Aunque tú te empeñaras en decir que era un borrico. Con orejas de borrico y morros de borrico y huevos de borrico. Quiero decir que la culpa no fue tuya. O no del todo. Supongo que al final, todos somos, seres humanos. Y claro que te quise. Te quise como supe: te quise tarde o pronto; te quise incluso y siempre y hasta te quise entera, con todas esas, manías tuyas de poner tijeras abiertas detrás de las puertas o invadir cada noche, sin hacer enemigos, mi lado de la cama.
Y me enseñaste muchas cosas, tú, que has tenido tantos nombres porque nunca me rendí, a pesar de que a veces, saltaba por la ventana o agitaba un pañuelo en algún puerto mientras los barcos se alejaban. Y yo aprendí. Que los pájaros no son de nadie; que no hace falta una tormenta para albergar la calma; que la luz de una vela siempre dice la verdad...
Tú, la mujer de los cien senos y mariposas en el coso donde yo libaba, tú, que fuiste tanta, me enseñaste el camino que llevaba a casa. O cómo secar las toallas con amor soplando muy bajito. O que los espaguetis tienen que pegarse al azulejo. Entonces ya están. Y también tú, con cualquier nombre, me convertiste en lo que soy: un hombre libre. Sin tú. Eran caminos diferentes, eso es todo, y al final, el mío me trajo a su abrazo. A sus manos amables y tiernas de dedos que lo mismo se enredan en mi pelo que lo mismo me señalan culpable, de desacato, de hacerlo todo del revés, de que qué voy a hacer contigo, que te como la cara, canalla, guapo por dentro, triste mío, ven, que te perdono, y me quito las bragas en son de paz y tú me haces eso ¿vale? que tanto me gusta. Ven. Ven y muérdeme
Ya estoy mayor para estas cosas; pero me late muy deprisa el corazón cuanto más cerca. O morir congelados en un largo abrazo en mitad de la cocina mientras hierven las lentejas. Toda esa mierda que te sale por la boca cuando hablas y vas y dices eres el faro que me alumbra, mi norte y mi bandera y mi Titanic.
Porque es mi amor gordo. La única tú que se enfadó conmigo porque yo no era yo. Y tienes que ser tú-me dijo-porque tú, sólo sabes ser tú. Y me empujó al abismo, la muy hija de puta, de yo te quiero así, tan tonto.
Y entonces supe que todo lo que había aprendido, de tanto tú, servía para algo. Exactamente para hacerla feliz.



3 de noviembre de 2019

360º



Si yo fuera dios me pegaría un tiro en la boca.
A pesar de las flores, de París, del Niágara
-aquí va una x , justo donde dice que me corten la cabeza-.

Claro, claro que puedo perdonarlo
-como a aquel chico comido de viruelas
que me dio una paliza en el patio del recreo.
Porque era más grande que yo.
Más fuerte que yo.
Más todo que yo-,
pero no quiero.

Se llamaba Pedro y hasta fue director de un banco
mientras yo me follaba a su mujer.

Sin rencores.

Después conocí a Claudia y sus ojos verde Matrix.
Fui tan feliz que casi reventé. Me puse gordo. Sacaba la basura...
Brotaron las semillas.

Hasta que todo se acabó
en un stop de la nacional 630.
Como si todo hubiera sido
una broma.

A veces soy una gota de lluvia
y otras
un verdadero hijo de puta y
me pregunto
dónde estás
mientras el mundo se deshace como un terrón de azúcar en el té.
Y te odio. Te odio. Te odio. Con toda el alma que me diste.

A veces, otras veces, me quedo dormido en el sofá
y sueño que me pasas la mano por el pelo
y me prometes
que Ana está en el cielo.
Que tiene sus juguetes.
Que me merienda bien.





29 de octubre de 2019

Sitios



Rosi es una mosca.
Donde el sujeto es Rosi en este bonito enunciado
-obsérvese la carga retórica del núcleo del complemento circustancial-
y ahora, un pleonasmo:te echo tanto de menos. Joder. Joder. Joder.

Rosi es la pata de la silla.
El cubo de basura.
Las manchas de tabaco en los dientes.
Las tripas del pescado; el pedal de embrague; las cremalleras de la ropa.
Las frases sin un sólo verbo.
Rosi ahora lo es todo. Pero también es nada.

Cuando el agua nos llegó a los tobillos
Rosi me metió el dedo en un ojo
y sacó de allí un sombrilla y un faro, a lo lejos
y arena, mucha arena
y un pájaro.

Cuando el agua nos llegó a los ombligos Rosi me dio el último beso.
Me lo dijo: este es el último beso.
Y no la creí.
Pensé que Rosi tenía dentro un almacén
lleno de besos
que fabricaba en horario nocturno junto al muelle
porque de día trabajaba en una copistería.

Cuando el agua me llegó al cuello Rosi y su maleta
eran como esas hormigas que se ven desde lo alto del
Empire State Building.
Nadie me pasa ya la sal.
Rosi es nadie. Una hormiga. Un punto y final
debajo de un paraguas.

Los martes estoy triste de siete a siete y media de la tarde.
El resto del tiempo soy feliz.
Mis hijos van a la universidad y hay un topo en el jardín
al que persigo desde octubre
porque se come los geranios.
Pero los martes, todos los martes a las siete pienso en Rosi.
En su pelo naranja y sus mil constelaciones y en su
pastel de nuez y fresas
y en su
manera de abrocharse los cordones.






24 de octubre de 2019

Y que caiga de canto



...y te corté la lengua con el filo de una hoja de alhelí
para que no fueras diciendo por ahí...cosas.
Y te saqué los ojos y los puse en la nevera donde
no vieran otra cosa que tetrabricks de leche y yogures de pera y tarros de mermelada.
Para que no miraras de esa forma nunca a nadie más que a mí.
Y te arranqué con un martillo, trozo a trozo
los sueños y los arrojé lejos de ti, donde no pudieras alcanzarlos.
Para que no olvidaras dónde está tu sitio.
Y por si acaso te partí las piernas.
Y por si acaso te rompí los dientes.
Y por si acaso,
escuchabas a lo lejos la sirena de un barco, te compré el alma por más de lo que vales.
Y ahora eres mía.
Como el mando de la tele.
Como todos los interruptores de la casa.
Ahora te llamas Nada. Sólo lates. Lates y te callas. Y lloras sin ojos
y gritas sin boca y ardes en las llamas
de escucharme llegar, acercarme, y coger lo que es mío.

¿Y sabes por qué?
Porque te quiero.






22 de octubre de 2019

Inventario



Cuando empecé a escribir sólo vomitaba: “Margarita es una flor que un día corté. ¡O Margarita, o Margarita!”. Y ni siquiera se llamaba Margarita. Pero es verdad que la corté. Y O tiene que llevar una hache para que suene a interjección; pero claro, yo ni siquiera sabía que había una señora que se llamaba interjección. ¿Para qué? Si a mí me daba igual. Si yo sólo quería vomitar. Hasta que un día se escuchó el primer aplauso. Hay gente para todo. Hasta para comer mierda. Y me gustó. Quería más y seguí vomitando hasta recoger algunas monedas de vez en cuando o recibir unos halagos que sólo por poner una letra detrás de la otra, me parecieron tan gratificantes como un chute de heroína. Quería más. Así que mi espectáculo tenía que mejorar. No podía ir por ahí desnudo de anatemas o metáforas o un buen puñado de adjetivos. Me hacía falta una caja de herramientas. Hasta ahora lo había estado haciendo todo con un martillo gordo; pero necesitaba gubias y formones, destornilladores de estrella y llaves allen y sobre todo, un bisturí. Así que me estudié cuatro reglas ortográficas y algunos elementos de estilo, en fin, mecánica aplicada de los fonemas, caligrafía cuántica y lingüística submarina; nuberología, etiquetado de botes de champú y paquetes de espaguetis; conceptos y u términos que definieran con la más pulcra exactitud la milagrosa música que suena en las noches de verano dentro de las almohadas. Para que nadie fuer diciendo por ahí que nada me importaba. Que era un chapuzas. Que sólo tenía, suerte con las palabras. Y tenían razón. Pero no fue por eso. Fue porque descubrí, dentro de una erre, una orilla con barco. Porque detrás de la palabra “amor”, se encondían todas las personas a las que había defraudado y, sacaban el dedito haciendo así, como diciendo, ven, aquí estamos. De pronto y cada vez con más asiduidad alguna palabra me tiraba de la manga de la camisa y me llevaba a sitios bonitos donde no había estado nunca. De pronto, podía hacer música. Aunque tuviera una guitarra rota de tres cuerdas. O una armónica. O el viento. Sí, eso fue lo que pasó. Me enamoré de la palabra libertad y la palabra ocre, vesícula, flama, ungüento o mariposa. Lo que pasó después fue que en las cosas, también empezaron a estar las palabras: una tinaja era otra cosa como, por ejemplo las caderas de Ava Gadner o cualquier flor toda una tarde, pensando en ti. Ti, desde entonces, se parecía a todas las mujeres del mundo. Y un día dejé de vomitar. Estuvo bien, pensé, y abrí una caja donde guardo las fotos. Y vi a mi padre de una sola mano y a mi hermana pequeña con sus rizos naranjas de muñeca de trapo y a mi madre con un vestido nuevo y el pelo muy largo y vi a mi amigo del colegio con su bolsa de canicas y la nieve de Berna y un perro que fue al cielo de los perros buenos porque estaba ciego y la arena de la playa y aquel disfraz de cura que me puse para la verbena del barrio. Y había muchas palabras allí dentro de mi caja y todas eran bonitas. Lo mejor de escribir por entonces era que al leerlo, podías merendar con los fantasmas. Jugar al parchís, a la comba, al mus. Y eso era bueno. Y lo mejor de lo mejor era cuando alguien te decía, oye tú, el de los dos dedos, que sepas que me siento aquí contigo casi todas las noches que puedo con mi taza de té y la esperanza, de que me hagas llorar. Y quien fuera que estaba tan lejos, se convertía de repente en el extraño compromiso de hacer feliz a otros. Gente que llovía para adentro. Que se lavaba los dientes mirándose al espejo sin ver nada. Como yo. Gente como yo. Y desde entonces estuve menos solo. A veces, incluso sonreí. Seguí escribiendo más o menos afortunadamente y perfeccionando el sutil arte de decir cosas que no le importan a nadie pero que todo el mundo lee para ver cómo muere el muchacho, o cuándo es el beso, o quién coño es el que mueve los hilos. ¿Será alto, será guapo, será un héroe o un ser atormentado de estupenda melena? Pues no. Mido uno sesenta y cuatro y tengo cara de zapato y la verdad, no me cuido mucho ni he estado en el Niágara ni he leído a Nietzche. Ni lo pienso leer. Y me faltan cuatro dientes. Pero no se nota. Como cuando eres tonto y de pronto abres la boca. Escribí mucho. Y un día en el túnel que andaba picando topé con una roca. Una roca enorme del tamaño de todas las veces que me había equivocado intentando llevar razón. Y así empecé a escribir cosas tristes. A cantarle nanas a las piedras y a pedir perdón al agua, a la hierba, a los pasajeros de la línea veintitrés. Y mi piedra lloraba como la Chavela y se me hacía cada vez más pequeñita y así, de canción en canción, se me quedaba dormida entre los brazos. La llevo en el bolsillo. A veces meto la mano y la acaricio entre mi dedos y le digo bajito, no pasa nada, estoy aquí. Detrás de la palabra amor. Un día, otro, se me olvidó por qué escribía. Y aquí estoy. Con la esperanza, y dos de azúcar, de que mañana exista.




21 de octubre de 2019

Mira quien viene por ahí...



Podría estar lloviendo para siempre
y el mundo jamás se acabaría.
Pero tú sí y yo también y los nenúfares.
Lo importante es ahora
que aún podemos jurarnos con el dedo meñique amor eterno
-aunque eterno sea un día-
bajo la luz de una bombilla de cuarenta vatios.






17 de octubre de 2019

Alguien que



Lo que pasó entre un “te encantarán mis padres ya verás” y un “estás muy callado, cariño” fue que en el almuerzo el hermano de Raquel propuso jugar a Bobó “como cuando éramos pequeños” y Raquel dijo pues tú todavía eres pequeño ja-ja-ja y la madre de Raquel dijo pues yo ya le he pillado masturbándose en el baño y el padre de Raquel dijo joder, y yo fumando en el trastero. El novio de Raquel no dijo nada. De hecho empezó a estar muy callado en cuanto “Papá” le explicó las reglas del juego. El pedo más grande o más redondo o más largo ganaba, por ejemplo: Prffffffffffffff. ¿Ves? No es un pedo ganador; pero está muy bien. Te toca Raquel. Y Raquel se tiró un pedo campanita de timbre de bici y dijo, no vale, se me ha escapado y Mamá dijo, me toca-me toca y prfff-prfff-prffff, supera eso. El hermano de Raquel solía ganar casi siempre. Se lo curraba, la verdad, y en aquella ocasión casi bate su propio récord. Hasta el perro se asustó. Y luego dijo, te toca, Valentín. Y a Valentín, que había empezado a estar muy callado hacía unos diez minutos y no le salía del cuerpo ni la voz, Papá le dio una palmada en el hombro y le dijo, venga hombre, ¿o no quieres ser de la familia? y Valentín, mirando a una Raquel feliz y sonriente, claro que dijo sí sí, claro, claro y del esfuerzo y de los nervios y de toda aquella...cosa, se tiró un pedo tan ridículo que al segundo siguiente todos estaban muertos de la risa menos él.

-En serio, Valentín, si quieres podemos hablar de...bueno, mis padres son así, yo soy así, joder, estás blanco. Di algo. Porfi.





15 de octubre de 2019

Llueve, y yo estoy debajo



Busco con mis manos grandes entre la basura algo que comer y lo llamo poesía aunque sea hambre.
Estos olores tan ciertos y estas formas geométricas que adoptan
las tapaderas del yogur después de tres días y la esbeltez de esta caligrafía en las listas de la compra.
Todos estos niños muertos, llorando en estas servilletas de papel o en la cara de Betsy sonriendo con sus dientes blancos en una revista de vestidos bonitos y pienso
en que no hay nadie cerca
o en que vivo debajo del agua
y en este silencio
y en el frío que me abraza
o los nombres que aún recuerdo y
claro que sonrío. De eso se trata.





13 de octubre de 2019

Joder, qué frío



Hay tantas clases de amor como de flores en el campo:
un amor lirio tierno como una magdalena y tibio.
Uno nenúfar, petunia, rosa de jericó. Amores margaritos.
Tantas clases de te quieros como estrellas en el cielo.
Te quieros Alcione, te quieros Delta. Fenix o Sirius. Betas.
Tantas maneras como formas de morir:
de pena, de un cáncer, de tonto, de poeta, de un camión que no frena, de un resfriado mal curado. De tropezar mil veces con la misma piedra.
De no vivir. De vivir mucho. De yo qué sé.
Tantas, que hasta hay malas maneras.
O colores como en un atardecer. Aunque todo parezca anaranjado. No lo es.
Como formas geométricas. Cuadrados y amores tan redondos que ruedan cuesta abajo al fin del mundo. Amor elíptico, ovalado, de dos rombos.
Amores que saben a pescado; a queso fresco, a rancio, a fresa y natas, a aguacates o plátanos.
Tantos amores como almas condenadas.
Amores que se cortan por la línea de puntos y amores Prêt-à-porter.
Amores que se compran en el chino; en una página de internet; en el Tiffanys; en el mercado negro.
O amores que te encuentras por ahí
tirados en el suelo como un chicle.
Amores que te buscan como un perro, que te llueven encima un día de sol, que se te meten en el ojo.
Amores que te explotan en las manos.
Amores raros como un ornitorrico o tan sencillos como una pelota de golf.
Amores que duran un suspiro. Amores siempre, amores te lo juro.
Amores aburridos como el solo de un tenor y amores para para que me parto en dos.
Amores ¿qué te apuestas? y amores te lo dije.
Que te entran por un oído y te salen por el otro.
Que nunca llegan. Que llegan pronto.
Amores cunnilingus y amores ahí no. Te he dicho que no.
Amores de entretiempo, de verano, de pana.
De ir a por el pan; de sacar la basura; de morderse la lengua.
Amores quiero este-no-el otro-no, ese no-el de la izquierda.
Amores jajajá y amores snif y amores plop.
Tantas clases de quedarse como de ir a por tabaco.
Un buen montón de maneras de matarse.
Un no acabar de despedirse nunca.





9 de octubre de 2019

Detrás de las cortinas



Pasan cosas bonitas mientras friegas los platos:
“Voy a arrancarme con las manos del vientre a tu bebé”.
Es broma. Va y me dice. Alicia es así, una hija de puta.
Una vez me empujó en un paso a nivel. Morí en el acto. Y al final del túnel
en vez de una luz, allí estaba ella: “¿Cuánto duele? Cuenta, cuenta”.
A veces, en la oscuridad, los ojos le brillan como a un lobo.
Yo me hago el dormido.
Me tapo hasta las orejas y me hago el dormido.
El día que la conocí acababa de matar un cocodrilo. Con una cuchara.
Salió de ese agujero va y me dice señalando el fregadero.
Como soy fontanero, le estuve viendo las rodillas toda la mañana.
Le hice una factura sin iva. Quedamos a las nueve. En el bar de la esquina.
No apareció.
La llamé por teléfono. Veintiséis veces. Tampoco contestó.
Así que llamé al timbre, y en cuanto la puerta se abrió
me dio con un martillo en la cabeza
y en el suelo, medio muerto, entonces me besó.
Desde entonces he muerto dos mil quinientas veces.
A veces me envenena y otras me tira por el hueco
del puto ascensor. O me hace sopa, que es peor.
Dice que el niño tendrá piel de lagarto y una polla con forma de tridente.
Que será alto y rubio y tendrá alas y los dientes afilados como David Bowie.
Se le han puesto las tetas muy gordas y se enfada y me busca
por debajo de la alfombra o en el cubo
de la basura
para clavarme un hacha en la cabeza.
Creo que
no tengo un buen día desde que la conocí.
Y me han salido un par de ojos en la nuca.
Y quiere ponerle Juan Alberto, como ese tío que sale en las telenovelas
tieso como un palo encima de un caballo
y sin camisa.






7 de octubre de 2019

Soy un hijo de puta



Yo no estaba enamorado de Maite; estaba enamorado de sus ojos. De lo verde. De su carne blanca y blanda y de su boca magra leyéndome las manos: “Yo no soy tu trocito de tierra”. No estaba enamorado de Concha; estaba enamorado de sus te voy a hacer lo que nunca te ha hecho nadie y de su pelo ensortijado enredándose en mis penas de chico de veinte años. Tampoco de Cecile; estaba enamorado de su acento galo y su rubio y la raya de sus medias y, joder, aquellos panes en sus tetas recién hechos. Ni de Lola. Lola fue un sueño que tuve alguna noche mientras me la meneaba como un mono pensando en, precisamente Lola. Lola eran minuto y seis segundos metidos en aquel ascensor. Lola era el tiempo que hacía y lo caro que se había puesto todo. Lola era un cling y después, nada, su perfume sólo flotando en el aire mientras yo subía un piso más y me metía en la cama. Con Lola. Aunque ella ni siquiera se enterara. No estuve enamorado de Carlota. Ni siquiera se llamaba Carlota. La llamo así porque prometí olvidar su nombre. Su nombre es una espina. Una piedra en el zapato, un clavo sin cuadro en la pared, esa, marca que dejan las fotos que colgaron alguna vez en el pasillo. Estaba enamorado de sus ganas. De nos vamos a comer, el mundo. De empecemos por nosotros. De sus qué rico que estás. No estaba, no lo estaba, no estaba enamorado de Eloisa. Pero amaba sus poemas de dos letras y sus prisas por aprenderlo todo, amaba, sus ¿cómo es posible? ¿De qué estás hecho? ¿De dónde sales tú? Eloisa hizo un máster en paciencia. Y un día, salió por la ventana. Con dos maletas. Una, era gris. Ni estuve, definitivamente, enamorado de María. Era imposible estar enamorado de María. Pero del fuego sí. De las llamas y el humo que salía como un tren por sus orejas. De los platos voladores, las navajas, las manchas de amor desparramadas por la alfombra y las notas amarillas pegadas a la puerta de la puta nevera: “Te odio tanto que voy a quedarme. Te vas a cagar”. No estuve, quiero decir, no estaba enamorado de Clarence. Clarence era fea, la mujer más fea del mundo. Y era para mí. Clarence me ponía en las manos el oro de su corazón y yo lo dejaba resbalar como la arena entre mis dedos. Le traía flores que robaba de cualquier jardín con rosas. Son para ti, le decía a Clarence y Clarence, las acunaba entre sus brazos y lloraba. Porque estaban muertas. Después hacíamos el amor tan suavemente, que el gato ni siquiera se iba de la cama.







5 de octubre de 2019

Era


Al principio incluso fue divertido. Sobre todo para los más jóvenes. Los niños por ejemplo iban amarrados como globos que sus padres llevaban flotando por la calle. Dormían en el techo o jugaban a ver quien lanzaba una piedra más lejos, a veces, hasta que se perdía de vista. Muchas acababan rompiendo el cristal de alguna ventana en la ciudad de Wisconsin, a miles de kilómetros de distancia o chocando con alguna máquina de escribir que pululaba por el aire como un gorrión porque alguien había decidido tirarla a la basura. Los adolescentes hasta inventaron un nuevo deporte que consistía en dar enormes saltos en monopatín y arrancar trozos de nubes. Un cirrocúmulo valía tres puntos y un cumulonimbo cuatro. Alguno, a veces, se quedaba enganchados en el ala de un avión y había que ir a recogerlo a las islas Feroe. Por aquel tiempo la perdida de gravedad de la tierra sólo hacía que la gente pesara menos, los ancianos andaban menos encorvados y podían subir escaleras y hasta levantarse unos palmos del suelo para ir al baño sin que le dolieran todos los huesos. Aunque los más felices por aquel tiempo eran los gordos. Sonreían todo el tiempo, como si de repente hubieran perdido ochenta kilos. Estaba bien ver que la gente estaba bien. Hasta que se perdió en el cielo el primer edificio. Con gente dentro. Hacia la estratosfera. Y nunca más se supo. En menos de seis meses la gravedad había disminuido un trece por ciento, y al año, empezaron a venderse aquellos zapatos enormes de hierro que era necesario llevar todo el tiempo si no querías perderte para siempre por el espacio interestelar. Un día las gallinas del huerto, otro un autobús en Dinamarca y así cada vez con más asiduidad salía en las noticias que el mundo se deshacía a pedazos. Entonces el miedo se adueño de las personas. La gente se abrazaba mucho más que antes por miedo a que la gente a la que quería saliera volando de pronto y para siempre. Aún así, supermercados enteros y campos de trigo se elevaban un día sí y al otro también para dejar sólo un socavón enorme donde antes había estado la sección de congelados o la frutería. Era una bonita forma de morir; pero nadie quería morirse, así que no era extraño ver a algunos encadenados a las farolas o a los parachoques de los coches. Un día, toda la cordillera Andina subió a los cielos entre un estruendo ensordecedor de rocas rotas y se perdió en el horizonte celeste dejando a su paso el eco de las llamas gimiendo y el graznido de los cóndores. Y otro día cualquiera te fuiste tú. Estábamos cenando y zas. Ya no estabas. Parecías la virgen María. Aunque tú estabas en pijama. Poco a poco todo lo que había amado desapareció ante mis ojos. Penínsulas enteras, lagos y ensenadas y bosques y...hasta que no quedó nada del planeta en el sistema solar, ni un grano de arena ni una margarita ni un carrito de bebé, nada que hiciera recordar que justo en la tapia de aquel colegio me fumé el primer cigarro o que en la fila de atrás del cine de verano de mi barrio te toqué una teta por debajo de un suéter color rosa pálido, la primera vez.





2 de octubre de 2019

El otro calcetín



Amo tu cara de papa gorda y tus ojos de mirar a la pared
y de estoy hasta el kiwi
y de iros
a tomar porculo-ya, todos, amo
-qué linda que sos-
tus tobillos ortopédicos de sostenerlo todo.
Tus lágrimas del final de la película.
Tus lágrimas de ¡ay!, que me haces daño, tonto.
Tus lágrimas de ver la lavadora dando vueltas.
Tus lágrimas de es que me he emocionado. No sé. Ya no me acuerdo. Mira, un coso.
Tus lágrimas de no sabes por qué.
Tus lágrimas de sí, lo sé; pero no te lo digo.
Amo tus uñas que me rascan la espalda y tus lunares cientos
-aunque no pierdo el tiempo en esas cosas, ya sabes, hacer mapas estelares o rutas magallánicas- amo
tu estómago. Con su biosfera y su ombligo y sus tripas por dentro.
Amo tus ronquidos y ese masaje de pies que nunca vas a darme.
Yo a ti tampoco.
Amo tu puto dedo índice de señalarlo todo. ¿Por qué siempre soy yo?
Ah, porque me gusta, claro, se me había olvidado.
Amo tus tú sabrás y tu manía
de cortar la lechuga para la ensalada en trocitos tan pequeños.
Amo darte bocados y que grites tu grito de gallina y tu color de joder cómo me duele.
Amo los obispos de tus carnes.
Amo cuando te enfadas y te pones a hablar sola
y voy
a por tabaco y cuando vengo
todavía estás hablando sola.
Tus quita, que ya lo hago yo. Tus venga, que te estoy esperando.
Los virus de tu ordenador. Que me nombres cirujano. Las veces que te he dicho, qué es un troyano.
Tus pues yo no sé, algo habré tocado. ¿Me lo arreglas? Es que no anda.

Yo no deshojo margaritas; yo me las como.





30 de septiembre de 2019

Te lo dije



Si por casualidad
alguna vez
puedes parar el tiempo, ten cuidado, volverá
a por todo lo que es suyo.





29 de septiembre de 2019

Go



A veces las piedras sólo están en el camino para que tropieces con ellas.
Pero amo la luz. La luz nunca es la misma.

A lo mejor soy yo ese viento que levanta tu falda.
A lo mejor soy el reloj que se te para. El botón que te falta. Yo qué sé. Un día.
A lo mejor soy esa nube. El brebaje perfecto. La luz urgente.

¿Y un colibrí?