25 de abril de 2019

Molibdeno



Busco en internet “¿Cuánto tarda en secar la silicona?”. Porque me gusta arreglar cosas. Cosas rotas. Las cosas rotas son bonitas. Como mi madre, que siempre estaba rota. Como el vencejo que maté de un perdigón. Lo tuve entre mis manos hasta que se enfrió. Aunque no se arregló. Se quedó mudo muchos días. Se le vieron los huesos. Se lo llevó una brisa. Bueno, hay cosas que no pueden arreglarse. Pero otras sí. A veces llevan años esperando. Detrás de una puerta como un pijama colgado de la percha o bajo un paraguas esperando el autobús. Esperando a que alguien les devuelva la vida. A veces basta con un beso. Una sola palabra. A veces el amor. Otras con una capa de pintura, un tornillo allá, un apretón de tuerca. Las cosas rotas son muy sabias. Saben estar calladas. Saben decir gracias. Saben morirse de viejas a tu lado.





23 de abril de 2019

Berkelio



...hasta que un martes
un rayo de sol entre por el agujero de la cerradura.
Tan recto.
Tan luminoso.
Tan tibio entre la yema de los dedos.

Y llamarlo tú.









21 de abril de 2019

Mendelevio



Lo que más me gusta de nosotros es tu risa.
Que yo diga: “¿Te imaginas? ¿Que de pronto el hombrecito del semáforo se pusiera a andar y llegara a donde quiere? A lo mejor hay alguien esperándolo. Sería estupendo.”
Y tú me mires como así y yo pregunte “¿O no?”.
Y te des cuenta de que hablo
completamente en serio.
Entonces es cuando te ríes.
Y yo me pregunto que de qué.
Si es que para ti no es importante que el hombrecito del semáforo cumpla sus sueños.

Ahora es cuando tus manos
se posan en mi cara como pequeños pájaros
que me pían te quiero: porque me sabes ser un niño
porque mira dónde cabes
porque eres de azúcar.

Te paso el brazo por encima del hombro y te digo al oído
que
de mayor
quiero ser un gran hombre.




19 de abril de 2019

Aluminio



Estoy en todas partes.

Me cayó un rayo encima
mientras buscaba en el google de mi móvil
“La soledad de los cobardes”, un libro aún no escrito
por un alguien que todavía no lo sabe.

Me desmayé.
Cuando volví a a abrir los ojos tenía
los vellos de punta y
mi puto cerebro se había conectado a internet.

Pude ver por la cámaras de seguridad como los ancianos de la residencia Walter Ócean de Minessota movían con una cucharita de plástico el café.
Un dron me mostraba en 4K las grandes manadas de búfalos pastando en las verdes praderas de Los Apalaches.
Escuché a mi madre decirle a mi hermana por teléfono que los garbanzos había que tenerlos doce horas en remojo.
El telescopio espacial james Webb me enviaba continuamente datos sobre El cinturón de Kuiper y sus extraños objetos flotantes.
Tenía acceso a todo: a los archivos de la C.I.A
a las puertas giratorias de los grandes hoteles
entré a tu correo; al cajón de tus bragas; a tu prótesis dental.

Ya no necesito
zapatos
ni
antihistamínicos.

Pero echo de menos el amor de tus manos, y esto...¿tenés un cigarro?





15 de abril de 2019

bohrio



La hermana de Klaus vivía detrás de la cortina que daba a una habitación donde ninguno de nosotros se había asomado nunca. ¿Vivía? Nadie la había visto. Aunque de vez en cuando de detrás de las cortinas, además de aquel olor a leche agria, se escuchaba el gemido un pequeño animal atrapado en un cepo a la mitad del bosque. Ninguno preguntaba. Y eso era todo lo que sabíamos de la hermana de Klaus.
Klaus vendía tebeos y otras revistas en un pequeño local parte de la casa y además arreglaba televisores y radios allí mismo. A veces jugábamos al ajedrez, y otras, mirábamos revistas de esas guarras mientras nos crecía la barba de aquella pubertad.
Un día, Klaus me dejó un rato al cargo de la tienda mientras iba a no sé qué cosa por encargo de su madre. Un rato largo. De un día tranquilo. Y entonces escuché al animal, y aunque aquello me puso los pelos de punta, entreabrí la cortina y la vi. No pesaría más de treinta y pico kilos y si acaso por entonces rondaría los veinticinco, ya parecía una foto vieja o un fantasma. La piel blanca; los ojos hundidos y negros; el pelo enredado como una mala hierba; los dedos de las manos curvados hacia dentro y delgados como alambres de espino; un hilo de saliva que iba de la boca al tapizado de un sofá del que no se había levantado en tal vez, años. Y justo al lado una mesita con varios botes de pastillas, una jeringa, pañuelitos de papel y un dibujo de un barco que le había hecho una prima, hacía mucho tiempo: “Para Gloria”. El olor a leche agria era un pañal que tenía puesto, y que de orinar muchas veces, lucía un amarillo de cloaca y olía a como debe oler un muerto antes de tiempo. Había muchas moscas muertas en el suelo.








10 de abril de 2019

Organesson



Y pongo al sol la ropa y las toallas sobre una cuerda floja de pared a pared para que sequen
como los bacalaos aquellos abiertos en canales de Suez que Camilo José el sepulturero salaba tras la tapia del viejo cementerio.

Paso la mano por encima de las sábanas
hasta que son un mar en calma de cian, la voz de fuera
el claxon de los coches, el perro del vecino, nada
es tan hermoso como el tacto de lo tibio
y esta luz que cae en picado desde la ventana.

Me dicen los zapatos dónde estuve
desperdigados bajo el techo de la casa. Uno debajo del sofá, el otro desaparecido como un niño con foto en los brick de leche desnatada.

Las migas de pan en fila india
camino del patio a lomos de
cientos de enormes hormigas con la cabeza roja. El olor a limones
la paz de las tortugas en el agua. El mismo sol que seca las toallas.

¿Qué aritmética? ¿Cuál geometría?






5 de abril de 2019

Germanio



¿De qué color te pondrás hoy? ¿Verde aceituna?
¿Celeste bóveda? ¿blanco 220 voltios; rojo de Tara, mandarín, ocre del prado?
¿Fondo de mar? ¿fucsia geométrico? ¿Qué plumas?
¿Bajarás las escaleras vestida de Flamingo
o dentro del vestido con cola de cometa y una flor en el pecho de alhelí?
Ya imagino que emerges del éter como un Leviatán de ojos de mármol e intenciones de Pandora, los dedos de hiedra
la lengua de un pez, el musgo en los hombros
la carne
primera del alba.



2 de abril de 2019

Lawrencio



...como una de esas
gotitas de lluvia que llueven precisamente el día que tienen que llover y
te hacen blanco en el centro de la nuca y vas y dices
coño
qué frío, y encoges los hombros.