27 de noviembre de 2019

La ceniza



En aquel minuto y medio de las seis de la mañana que Julia estuvo de pie frente al microondas esperando que el café se calentara apoyada de codos sobre la encimera y con los ojos perdidos en cualquiera de los días del mes marzo de un almanaque con la foto de un Pontiac amarillo del cincuenta y siete colgado en la pared de enfrente, ya había trazado un plan para el resto de su vida antes de que aquello hiciera ¡clinc! Y con el primer sorbo se prometiera que aquella tarde hablaría con Claudio. Lo juró por mamá. Pero cayó en la cuenta de que mamá ya estaba muerta y que los muertos no se acuerdan de nada. Aunque tampoco se acordaba cuando estaba viva. La olvidó en el colegio muchas veces. Aparecía borracha y dando tumbos por el pasillo hasta su clase y asomando la cabeza decía, lo siento, lo siento, lo siento. Tampoco se acordó de su octavo cumpleaños. Ni de la mañana que le dijo, mamá, ya soy mujer. Ni del nombre de sus nietos. Tal vez por esa herencia de mamá a Julia se le olvidaba a por qué cosa había ido a mirar en el cajón y tenía que volver al sitio donde lo había pensado para volver a acordarse, y entonces sí: a por pastillas. Sí, hablaría con Claudio como hacía mucho que no hablaban. Y si a Claudio del tiempo se le hubiera olvidado eso de hablar, tampoco hacía falta. Porque ya daba igual lo que Claudio dijera. Sólo podría repetir lo que le había dicho tantas veces: perdóname. De eso quería hablarte Claudio, precisamente.










26 de noviembre de 2019

Conjunción copulativa



Y, preludio.


No necesito que me bajes la luna
pero
al salón le hace falta una mano de pintura y
ya sabes que yo
como que no.

Y.

¿Y tú sabes cuando llevas que te meas cuatro horas
y vas y...? Joder, qué gusto. Pues así de contenta me pongo
cuando me quieres bien.
Y me traes chocolate.
Y me besas bajito.
Y me dices que estoy
tannnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnnn
bonita.

Continuará...

Y, continuación:

Y me dejas tu mantita del sofá
-sí, ya sé que yo también tengo una. Pero quiero las dos-, y al rato
me miras todo raro-con esa cara- porque digo que tengo calor.

Y, el desenlace:

Y cada vez que me pones esa cara yo pienso
-con mi mente-, mira qué cara. No es normal. ¿Qué está esperando? Ahí, muerto de frío. Con esa cara.

Y saco un pie de la mantita y te señalo con el dedo
gordo, el camino.
Y te digo huy qué peli, más aburrida.
Y me pongo como muy interesante. Coloradita.
O me mojo los labios de saliva con la lengua.
Con cara de ya sabes. Toa guarra. Muerta de las ganas.
Pero tú ahí, muerto de frío, con esa cara.

Y, títulos de crédito:

Menos mal que yo soy lista.
Y voy y te lo suelto: ¿follamos?
La verdad, a veces, con mi mente
pienso, no sé
no sé qué harías sin mí.





21 de noviembre de 2019

Tal vez el ocre



El calor de mi casa, eso quiero.
Pasar la yema de los dedos por las sábanas
y saber que has estado
siempre a mi lado.





18 de noviembre de 2019

Oliverio



Oliverio aterrizó en el hospital como un aeroplano y un hacha clavado en la cabeza. Hombre de Dios-le amonestó un señor de bata blanca que nunca había visto un árbol que hablara: “Don Gregorio está muerto. ¿Conocía usted a Don Gregorio?”. Y se derrumbó a todo lo largo del pasillo como un edificio en ruinas. Treinta y siete días estuvo en otro mundo y cuando volvío, tenía tanta hambre que se comió la barra de las cortinas y una pata del pequeño armario. Y allí estaba ella, la Reme, con su pelo negro y sus ojos negros y su alma negra sentada a los pies de la cama esperando a que Oliverio le dijera que si había matado a su marido, es porque la amaba, y que iba a arrastrarse por eso toda la vida ante ella y a suplicarle un perdón que nunca le daría. Porque así eran las cosas en la finca. Cada uno en su sitio. Y el sitio de Oliveiro siempre había estado en los establos, no entre las sábanas de la dueña de la casa. Porque por eso ahora el sitio de Don Gregorio estaba en la tierra, en el fondo de la tierra boca abajo y comido de gusanos. Cualquiera hubiera dicho que Don Gregorio era un buen hombre, que iba a misa y ayudaba en temporada de cosecha y se manchaba las camisas de sudor aunque todo fuera suyo hasta donde uno llegaba con la vista. Y le habían visto también alguna vez enfrentarse con un hacha a cuatro lobos que acamparon unos días por allí. Y con la misma, cortar un cedro de una sola vez. Y así entró donde estaban los caballos a por el hombre que le estaba robando los ojos de la Reme, y con las dos manos en el mango, le metió a Oliveiro el filo de aquella cosa fría entre la frente y el flequillo. Después se escucho un tiro. Y después otros dos. Y el único que salió con los pies andando fue Oliverio blasfemando que tenía, en la cabeza, la noche del martes pasado en la tiniebla de la cosa que tenía La Reme entre las piernas.
Cuando la Reme salió de la trescientos veintiséis salió llorando en un pañuelo bordado con oscuras golondrinas y pensando en que cuando Oliveiro saliera de la cárcel si alguna vez salía, ella, lo estaría esperando como cualquiera de los martes que habían pasado casi oscuras a espaldas del mundo tras la puerta de la alcoba, en pecado, malditos ya, condenados a que un día el mundo hablara, y Don Gregorio estallara una tormenta aquel verano.



14 de noviembre de 2019

Fonética de una pluma de avestruz



Fuiste tú quien fue que le puso nombre a la amapola.
Yo mismo llamé felicidad al suave tacto del mando de la play.
Coincidimos entonces o no en que al principio de ha los tiempos
desde,
la idea de una cosa normalmente
ni siquiera es la cosa.

Un yogur de plátano no es un plátano. Ni siquiera sabe a plátano.
Es como quien nunca ha visto el mar.
Y ahora pásame la sal, que está muy lejos. Tal vez veinte centímetros.
¿No te parece extraño que en los mapas todo esté
a dos dedos de distancia?
O el tiempo. Tú por ejemplo te lo pasas por el coño. Siempre llegas tarde.
Sin embargo la sal está tan...así que acerco mi mano como una culebra
sorteando los encajes del mantel y
te rozo los dedos con mis dedos y
un arco eléctrico inunda de luz los platos de fideos y
lo llamamos como hemos aprendido a llamar lo que aún no sabemos.
Sabemos que no es una plancha. Aunque no es del todo seguro.
Que no es la goma de regar el césped.
Ni un tomate o un billete de tren. O puede. Al fin y al cabo
sólo nos lo han contado. Que el azul es azul y que las vacas
dan leche.
Pero mi madre también daba leche y no era una vaca.
Y las avispas resucitan del agua.
Y donde comen dos tres comen menos. Imagina un millón. Un país.

Tal vez por eso siempre estás bonita. Aunque estés enfadada, sin peine o en pijama; sin razón en las manos que ofrecerme.
Mirando etiquetas de vestidos chulos mientras yo me pudro en
la puerta del Bershka.
Dando saltos encima de la cama porque te ha tocado
un dinosaurio en el kinder.

Y yo te quiero así, relativa toda, sin tener ni puta idea de qué vas a hacer conmigo.





8 de noviembre de 2019

¡Cáspitas!



Levantarse y ver el Sol. ¿No es un milagro? Aunque no tengas ningún dios.
Sentir como calienta tu piel a veinticuatro grados
mientras haces las cuentas
para llegar a fin de mes; mientras te duele una muela; mientras llueve.
El Sol sigue aún allí, tras todas esas nubes, imagina
-si puedes-, que un día el Sol no sale.
Que se mueren de frío en los vasitos los cepillos de dientes.
Que se pudre la ropa colgada tras la puerta.
Que los besos se aburren en el congelador.
Los domingos sin arroz.
Los geranios en huelga.
Imagina, cuando acabes de quejarte del precio de la ropa
-si ni siquiera me queda-
que todo de repente sólo es gris-si no me gusta este color-, gris y yermo.
Como esas veces que te quedas con las ganas
de decirle a quien tú sabes que la amas.
Uno está
muy ocupado en
cosas importantes
y caras.
Uno tiene que triunfar.
Uno es
único
y perfecto:
“El Sol sólo es un
brillo allá en lo alto. Siempre está ahí. Tampoco es para tanto.”






5 de noviembre de 2019

Sinpaná



Soy un caso difícil, ya lo sé. Ya sé que no aprendí a vivir hasta los ciento treinta años. ¿Pero no soy un ser humano? Aunque tú te empeñaras en decir que era un borrico. Con orejas de borrico y morros de borrico y huevos de borrico. Quiero decir que la culpa no fue tuya. O no del todo. Supongo que al final, todos somos, seres humanos. Y claro que te quise. Te quise como supe: te quise tarde o pronto; te quise incluso y siempre y hasta te quise entera, con todas esas, manías tuyas de poner tijeras abiertas detrás de las puertas o invadir cada noche, sin hacer enemigos, mi lado de la cama.
Y me enseñaste muchas cosas, tú, que has tenido tantos nombres porque nunca me rendí, a pesar de que a veces, saltaba por la ventana o agitaba un pañuelo en algún puerto mientras los barcos se alejaban. Y yo aprendí. Que los pájaros no son de nadie; que no hace falta una tormenta para albergar la calma; que la luz de una vela siempre dice la verdad...
Tú, la mujer de los cien senos y mariposas en el coso donde yo libaba, tú, que fuiste tanta, me enseñaste el camino que llevaba a casa. O cómo secar las toallas con amor soplando muy bajito. O que los espaguetis tienen que pegarse al azulejo. Entonces ya están. Y también tú, con cualquier nombre, me convertiste en lo que soy: un hombre libre. Sin tú. Eran caminos diferentes, eso es todo, y al final, el mío me trajo a su abrazo. A sus manos amables y tiernas de dedos que lo mismo se enredan en mi pelo que lo mismo me señalan culpable, de desacato, de hacerlo todo del revés, de que qué voy a hacer contigo, que te como la cara, canalla, guapo por dentro, triste mío, ven, que te perdono, y me quito las bragas en son de paz y tú me haces eso ¿vale? que tanto me gusta. Ven. Ven y muérdeme
Ya estoy mayor para estas cosas; pero me late muy deprisa el corazón cuanto más cerca. O morir congelados en un largo abrazo en mitad de la cocina mientras hierven las lentejas. Toda esa mierda que te sale por la boca cuando hablas y vas y dices eres el faro que me alumbra, mi norte y mi bandera y mi Titanic.
Porque es mi amor gordo. La única tú que se enfadó conmigo porque yo no era yo. Y tienes que ser tú-me dijo-porque tú, sólo sabes ser tú. Y me empujó al abismo, la muy hija de puta, de yo te quiero así, tan tonto.
Y entonces supe que todo lo que había aprendido, de tanto tú, servía para algo. Exactamente para hacerla feliz.



3 de noviembre de 2019

360º



Si yo fuera dios me pegaría un tiro en la boca.
A pesar de las flores, de París, del Niágara
-aquí va una x , justo donde dice que me corten la cabeza-.

Claro, claro que puedo perdonarlo
-como a aquel chico comido de viruelas
que me dio una paliza en el patio del recreo.
Porque era más grande que yo.
Más fuerte que yo.
Más todo que yo-,
pero no quiero.

Se llamaba Pedro y hasta fue director de un banco
mientras yo me follaba a su mujer.

Sin rencores.

Después conocí a Claudia y sus ojos verde Matrix.
Fui tan feliz que casi reventé. Me puse gordo. Sacaba la basura...
Brotaron las semillas.

Hasta que todo se acabó
en un stop de la nacional 630.
Como si todo hubiera sido
una broma.

A veces soy una gota de lluvia
y otras
un verdadero hijo de puta y
me pregunto
dónde estás
mientras el mundo se deshace como un terrón de azúcar en el té.
Y te odio. Te odio. Te odio. Con toda el alma que me diste.

A veces, otras veces, me quedo dormido en el sofá
y sueño que me pasas la mano por el pelo
y me prometes
que Ana está en el cielo.
Que tiene sus juguetes.
Que me merienda bien.