8 de noviembre de 2019

¡Cáspitas!



Levantarse y ver el Sol. ¿No es un milagro? Aunque no tengas ningún dios.
Sentir como calienta tu piel a veinticuatro grados
mientras haces las cuentas
para llegar a fin de mes; mientras te duele una muela; mientras llueve.
El Sol sigue aún allí, tras todas esas nubes, imagina
-si puedes-, que un día el Sol no sale.
Que se mueren de frío en los vasitos los cepillos de dientes.
Que se pudre la ropa colgada tras la puerta.
Que los besos se aburren en el congelador.
Los domingos sin arroz.
Los geranios en huelga.
Imagina, cuando acabes de quejarte del precio de la ropa
-si ni siquiera me queda-
que todo de repente sólo es gris-si no me gusta este color-, gris y yermo.
Como esas veces que te quedas con las ganas
de decirle a quien tú sabes que la amas.
Uno está
muy ocupado en
cosas importantes
y caras.
Uno tiene que triunfar.
Uno es
único
y perfecto:
“El Sol sólo es un
brillo allá en lo alto. Siempre está ahí. Tampoco es para tanto.”