18 de noviembre de 2019

Oliverio



Oliverio aterrizó en el hospital como un aeroplano y un hacha clavado en la cabeza. Hombre de Dios-le amonestó un señor de bata blanca que nunca había visto un árbol que hablara: “Don Gregorio está muerto. ¿Conocía usted a Don Gregorio?”. Y se derrumbó a todo lo largo del pasillo como un edificio en ruinas. Treinta y siete días estuvo en otro mundo y cuando volvío, tenía tanta hambre que se comió la barra de las cortinas y una pata del pequeño armario. Y allí estaba ella, la Reme, con su pelo negro y sus ojos negros y su alma negra sentada a los pies de la cama esperando a que Oliverio le dijera que si había matado a su marido, es porque la amaba, y que iba a arrastrarse por eso toda la vida ante ella y a suplicarle un perdón que nunca le daría. Porque así eran las cosas en la finca. Cada uno en su sitio. Y el sitio de Oliveiro siempre había estado en los establos, no entre las sábanas de la dueña de la casa. Porque por eso ahora el sitio de Don Gregorio estaba en la tierra, en el fondo de la tierra boca abajo y comido de gusanos. Cualquiera hubiera dicho que Don Gregorio era un buen hombre, que iba a misa y ayudaba en temporada de cosecha y se manchaba las camisas de sudor aunque todo fuera suyo hasta donde uno llegaba con la vista. Y le habían visto también alguna vez enfrentarse con un hacha a cuatro lobos que acamparon unos días por allí. Y con la misma, cortar un cedro de una sola vez. Y así entró donde estaban los caballos a por el hombre que le estaba robando los ojos de la Reme, y con las dos manos en el mango, le metió a Oliveiro el filo de aquella cosa fría entre la frente y el flequillo. Después se escucho un tiro. Y después otros dos. Y el único que salió con los pies andando fue Oliverio blasfemando que tenía, en la cabeza, la noche del martes pasado en la tiniebla de la cosa que tenía La Reme entre las piernas.
Cuando la Reme salió de la trescientos veintiséis salió llorando en un pañuelo bordado con oscuras golondrinas y pensando en que cuando Oliveiro saliera de la cárcel si alguna vez salía, ella, lo estaría esperando como cualquiera de los martes que habían pasado casi oscuras a espaldas del mundo tras la puerta de la alcoba, en pecado, malditos ya, condenados a que un día el mundo hablara, y Don Gregorio estallara una tormenta aquel verano.