6 de septiembre de 2020

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A veces es difícil estar vivo. ¿No? Habrá quien ni pueda. Basta imaginar a un refugiado, un sin techo, una víctima cualquiera, un enfermo terminal. Vivo y comiendo claro. Vivo y con unos zapatos. Con abrazos, con risas, con todas esas cosas que algunos tenemos al alcance de la mano. Y entonces me pregunto si no será eso también estar vivo, dormir bajo los puentes, huir sin destino, pegar la nariz a los escaparates de las pastelerías. Si no será esa una manera de vivir que no conozco. Que nunca entendería. Si un bocadillo de pan con pan no valdrá tanto como cortar el césped. Si ver tantas estrellas de mirar hacia arriba y, soñar, no será lo mismo que comer palomitas tumbado en el sofá un domingo por la tarde contigo. Me pregunto si vivir no es, al fin y al cabo, un puto milagro. Yo que voy a saber, si cuento con los dedos cuánto son tres y tres y me mojo las yemas con la lengua para pasar las hojas del periódico.